Capital Humano

Hugo Prieto plantea los retos que enfrenta el sistema de pensiones en Venezuela

Por Prodavinci | 1 de diciembre, 2008

Publicamos aquí el ensayo “Venezuela en la encrucijada de la vejez” del reconocido escritor y periodista venezolano Hugo Prieto “. Este ensayo se publicó originalmente en la separata los Vientos que Soplan de la Revista Exxito, separata publicada bajo el auspicio del Grupo de Empresas Econoinvest.

El sistema de pensiones se creó en una época en la que había tantas esperanzas y sueños de grandeza que la convirtieron en un mito que, pese a la crisis económica, la inestabilidad financiera y el caos político, ha perdurado en el tiempo, con maquillajes y arreglos de conveniencia. En esta época de cambios y transformaciones, la oportunidad surge -y la pintan calva- para introducir nuevas formas de hacer las cosas en aras de una seguridad social incluyente y progresiva.

Hugo Prieto

Una bomba de tiempo está a punto de estallar en todo el mundo.
Las primeras señales de alarma son muy diferentes para las distintas regiones del planeta, ¿Qué significa, por ejemplo, que desde hace tres años las escuelas públicas de Génova, Italia, sólo inscriban a niños descendientes de inmigrantes? ¿O qué los pasivos más importantes para los estados europeos y en gran medida en Estados Unidos sean las deudas que han contraído con los pensionados y las personas de la tercera edad? ¿O que un sistema de previsión funcione a medias y sea objeto de una revisión profunda por parte de las autoridades, tal como sucede actualmente en Chile? ¿O que simplemente no exista, como ocurre en Venezuela?
La esperanza de vida siempre ha sido una pulsión muy poderosa para la humanidad, sin importar culturas, arreglos políticos, sistemas económicos o espacios geográficos. El creciente bienestar de las sociedades, combinado con el uso masivo de nuevas tecnologías y el acceso a una dieta alimenticia casi biónica, han prolongado la longevidad hasta el punto de que se han roto todos los diques que la contenían. La gran pregunta es cómo nos va a afectar esta nueva estructura demográfica, que por su naturaleza humana, no puede reducirse a un dato estadístico ni a la pobreza cuantitativa de un número.
La respuesta a esta ecuación compleja pasa por nuevos arreglos económicos y políticos que tensan enormemente a las sociedades contemporáneas. El hecho de que sean “nuevos arreglos” supone que los significantes que permiten la lectura de un mundo previsible tienen que cambiar y allí es donde comienza el problema. ¿Quién aceptaría voluntariamente que su jubilación no llegue a los 65 años sino a los 68 o que la cotización voluntaria que le deducen de su sueldo aumente sin ninguna compensación a cambio?
Para los países que han construido el Estado del bienestar, con sus múltiples herramientas de ahorro y sistemas voluntarios provisionales, la respuesta a esta interrogante ha sido una constante evasión, entre otras cosas, porque los consensos que supone despejar la incógnita, pasan por la aprobación de un plan en las urnas y nadie quiere convertirse en el malo de la película. Para los países que deben empezar desde cero, la situación no es distinta: una economía estable, capaz de sortear las vicisitudes del mercado mundial, es pieza clave para tener éxito en el desarrollo de una economía sana, sostenida por el ahorro interno.

Punto de partida Demográficamente, la población humana tuvo como paradigma invariable una pirámide cuya base, siempre más ancha, era el reflejo de una población joven en constante crecimiento; mientras el cono, siempre puntiagudo, tocaba a una población adulta, en edad de retiro. “Todos los sistemas de previsión se diseñaron dando por hecho que ese paradigma se mantendría invariable en el tiempo”, afirma Rosa María Rey, investigadora del Centro de Finanzas del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA). Pero las cosas han cambiado radicalmente, “las tasas de natalidad han bajado de manera dramática y siguen bajando”, advierte Ricardo Villasmil integrante del equipo Acuerdo Social y del Proyecto Pobreza de la Universidad Católica Andrés Bello. ¿Cuál es la expresión gráfica de esa tendencia? Una base más estrecha con respecto al cuerpo de la pirámide, cuya lectura nos dice que, actualmente, hay menos jóvenes para financiar a un número creciente de pensionados. El Banco Mundial ha realizado un estudio, como anticipo a la crisis de edad, según el cual, Venezuela aparece como uno de los países en el mundo con un envejecimiento más acelerado. En un plazo de 12 años, aparecerán los primeros síntomas del problema y la pirámide población tendrá, sin duda, una base más estrecha. Es quizás el problema más serio que enfrente Europa, “donde simplemente está muriendo más gente de la que nace. En este momento, la ciudad más vieja de Europa es Génova (Italia). Desde hace cinco años no nace nadie. Es previsible que los genoveses estén sumamente preocupados y con razón, porque las escuelas cada vez tienen menos niños y los niños que tienen no hablan italiano porque son hijos de inmigrantes”. Esta arista del problema refiere a un hecho demográfico incontrastable.
En los países desarrollados la esperanza de vida aumentará sensiblemente. Una persona, en pleno uso de sus facultades, podrá vivir hasta 100 años o incluso más. La presión sobre los sistemas provisionales y de salud será enorme. “El tiempo de retiro será similar o incluso mayor al que una persona invierte en su vida laboral, acumulando bienes”, señala Rey. La combinación de diversos factores, de naturaleza distinta, pero que apunta a una misma dirección, no pueden sino acentuar la crisis. Las reformas se han hecho “muy tímidamente”, apunta Villasmil.
Entre una cosa y otra, los déficit se acumulan y el ejemplo que podría contagiar al mundo es Italia, cuya deuda pensional es gigantesca. “Hay todo un dilema”, agrega Rey “la humanidad quiere vivir cada vez más, pero el asunto es cómo se va a mantener”.

¿Salario mínimo o ahorro individual? En 1936, Arturo Uslar Pietri, habló de “un nuevo amanecer”. El auge petrolero impulsa la formación de un tejido empresarial, modifica la estructura económica y la fuerza de trabajo. El sistema provisional gira en torno a la creación del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales y al arreglo político que impuso, como fuente de financiamiento, un aporte voluntario provisto por empresarios y trabajadores.
El sistema, que funcionó hasta 1978, hizo crisis con el colapso de la economía venezolana: la pérdida del poder adquisitivo de la moneda, la inflación desbocada y el aumento de la pobreza hicieron el resto. El monto de las pensiones era, sencillamente, “ridículo”, recuerda Villasmil. Finalmente, se tomó la decisión de igualar las pensiones al salario mínimo durante el segundo gobierno de Rafael Caldera y se diseñó un plan de seguridad social que fue desestimado por el gobierno del presidente Chávez.
Al tiempo que envejece la población venezolana, surge una interrogante que es parte del problema: el aporte que realizan los trabajadores, 6,25% del salario, es insuficiente para sostener la vigencia del sistema de jubilaciones. “Los aportes son pequeños, pero más personas reciben ahora el beneficio de la jubilación”, dice Villasmil. ¿Realmente qué está sucediendo? Una parte significativa de los ingresos que cubren las pensiones en Venezuela las aporta el gobierno a través del fisco nacional.
Salvo algunas excepciones, la inmensa mayoría de la población venezolana tiene como horizonte de vida una pensión del Seguro Social -equivalente al salario mínimo- más los ahorros y bienes que pudieran haber acumulado durante su vida activa laboral. ¿Qué opciones ofrece el mercado para una persona que aspire a disfrutar de sus años dorados en una posición más ventajosa? “Algo que me sorprende”, afirma Rosa María Rey, “es un dato que se proviene de las estadísticas del Consejo Nacional Electoral. Me refiero a que si la población inscrita, mayor de 18 años, alcanza a 16 millones de electores y somos, además, un país de 26 millones de habitantes, es que no somos un país tan joven como pudiera pensarse”.
Siguiendo con las cifras, hay que tomar en cuenta otro dato revelador: en Venezuela la población activa -en edad para trabajar- ronda 12 millones de habitantes; si se considera que la tasa de desempleo deja por fuera a 1,2 millones de personas y que hay una informalidad cercana al 50% -es decir, 4,8 millones de personas-, queda un universo de 5 millones de personas en el mercado formal de la economía. Una de las cosas que puso de manifiesto el sistema chileno, es que la gente que trabaja en la economía informal, donde la seguridad y las expectativas son cosas de un día para otro, no cotiza o es reacia a cotizar. La Constitución de 1999, establece que todo venezolano tiene derecho a un plan de seguridad social que implica vivienda, salud y protección para los años dorados. “¿Quién va a financiar e

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